#2 - Agustín Guerrero / Pablo Marchetti / Elefante

Esta semana – Cosas nuevas y no tanto

Sábado 21 de marzo de 2026

Novedades, recomendaciones, ideas fugaces de los días que pasaron. Algunos enlaces; alguna sorpresa, espero. Pueden leer las líneas que siguen u optar por ir directo a hacer clic en las líneas azules. Tiempo de lectura: una semana.

ALGO NUEVO

Agustín Guerrero – De estirpe conurbana

Agustín Guerrero es un pianista del sur del Gran Buenos Aires. En su terruño vive, trabaja, enseña y graba, aunque también gira por el mundo con su música. Su ámbito de pertenencia es el tango, pero absorbe como una esponja influencias de la música del siglo XX, sobre todo Stravinsky, Bartok y, claro, Piazzolla, pero también la experiencia más sinfónica del rock. En su quinteto la guitarra eléctrica suele sonar con distorsión, y su piano se convierte en sintetizador en cualquier momento.

Inquieto, graba sin que le preocupen mucho el formato o los tiempos. La duración de sus trabajos y la forma de organizarlos no siguen ningún plan de marketing, sino los impulsos y necesidades que su creatividad le dicta. Hace unos años produjo un épico artefacto llamado Estupidez, del que este álbum corto es un claro descendiente (de hecho, aparece citado en la segunda parte de la poesía que ilustra Desolación). Estupidez era un libro más un disco. El libro traía los sonetos de Pablo Marchetti, socio fundamental de Guerrero en este impulso, más ilustraciones y las partituras de cada pieza, también para esta formación de quinteto.

De estirpe conurbana no llega a los 18 minutos de música, y se divide en dos partes: Desolación, una clásica base de milonga sobre la que Marchetti en tono elegíaco paya, con estrofas octosílabas de seis versos (como Hernández en su Martín Fierro) describiendo el viaje en tren desde lo más profundo del sur hacia la ciudad, revirtiendo así el viaje de Borges en El sur (y esto lo dice la poesía, no es que se me ocurrió a mí). Lindo sincretismo.

La cueva, la segunda parte, más breve, tiene algo de jam, algo de tango piazzolliano, y es claramente más áspera y difícil de digerir a primera vista. Guerrero no intenta agradar. Cuando el vértigo inicial se aplaca, surge el pianista y podemos apreciar su toque, su sensibilidad más deudora de la técnica clásica del instrumento que del tango. Marchetti ahora parece improvisar, jugando con las palabras en una suerte de performance que me recuerda a experiencias del pasado en el Parakultural, pero es una sensación muy mía.

Prefiero dejarle la voz al artista. Esto dice Agustín Guerrero, y no está mal dicho: “Mirar al mundo desde Buenos Aires es estar al margen del mismo; es por eso que el conurbano bonaerense es un arrabal del arrabal.”

Bonus Track: la descripción de los ocupantes del tren en el que se moviliza la música del quinteto y el narrador es de un naturalismo que me recordó a los personajes de La manifestación, el cuadro de Berni. Busqué el cuadro en internet y el buscador me mostró como primeras ocho opciones una foto de ayer de Charly García sentado delante del cuadro, que está en el MALBA, mirándonos a nosotros en lugar de a la obra de arte. No sé qué pensar.

 

ALGO VIEJO

Un elefante de Buenos Aires

En 2008, que parece ahora un año del siglo pasado, porque no había ni teléfonos inteligentes, ni inteligencia artificial, ni aplicaciones (se llamaban programas y eran para la PC), ni redes sociales, aunque fue el año en que comenzó a popularizarse Facebook, salió el primer disco de Elefante, un sexteto argentino de jazz integrado por jóvenes músicos. Yo no conocía a ninguno cuando nos trajeron su disco (un CD) a la oficina del Club del Disco. Ahí lo conocí a Pablo Butelman, su guitarrista, un joven locuaz que, horror, conocía mi pasado como músico tecladista y compositor en los 90. Pero esa es otra historia.

Lo que me gustaría destacar es que en ese momento no sabía, no podía saber, que había y que habría muchos grupos con ese nombre. No importaba mucho eso, entonces, ya que no había plataformas de música o, si las había (creo que ya existía iTunes), no las usábamos. Consumíamos la música en forma de CD o, en todo caso, nos pasábamos mp3 de manera ilegal, en itálica y con muchas comillas, por favor. Resulta que había otros Elefantes, con o sin artículo, en México, en España y en algún otro país. A nadie le podía importar eso.

Ese disco que, un poco a la antigua, se llamaba igual que el grupo, me impactó por varias razones: un sexteto joven que tocaba su propia música; nada de standards y pocas, casi nulas referencias a músicas de otros artistas. Ahora lo puedo poner dentro de la evolución del jazz argentino del primer cuarto del siglo XXI, pero en el momento en que salió me parecía, sin la perspectiva que dan los años, una rareza, un gesto audaz y lleno de convicción en lo que estaban haciendo. En Un panorama del nuevo jazz argentino, el libro de Fernando Ríos que releva la actividad de 2000 a 2020, el grupo y sus discos no aparecen. Eso es ser underground, y ser under del under que es el jazz, es una proeza. Arrabal del arrabal, nuevamente (ver más arriba).

Leyendo ahora la formación del grupo, los nombres resultan conocidos, pero entonces eran veinteañeros con pinta de estudiantes de música: además del ya nombrado Pablo Butelman en guitarra, completaban el sexteto Sergio Wagner en trompeta, Gustavo Rodríguez Vicente en saxo tenor, Alan Zimmerman en Rhodes, Juan Manuel Bayon en contrabajo y Andrés Elstein en batería. La firma de los seis temas se repartía entre Butelman, Bayon y Elstein.

A mí, personalmente, me gustan mucho Pingüinos, el tema que abre el disco, y Domingo (track 5), en el que se escuchan solos líricos de Wagner y Butelman. Este último tocando una guitarra limpia, improvisando sin artificios desde un lugar que me parece muy porteño. Pero todo el disco es muy inspirado y ambicioso al mismo tiempo. Los temas tienen varias secciones, los arreglos están escritos de tal manera que los instrumentos armónicos no se pisen, y se respira a mi entender un aire inconfundiblemente rioplatense.

No hay dudas de que en los años que siguieron a la salida de este primer Elefante estos mismos músicos entregaron grabaciones más maduras, mejor terminadas quizás, y que este es un trabajo de juventud. Luego casi todos siguieron en el ancho campo de lo que llamamos jazz, mientras que Butelman creció hacia otro lugar más vinculado con la experimentación, la producción y lo tímbrico en la guitarra, si bien integró por mucho tiempo el grupo de Marco Sanguinetti (que tampoco es muy claro que lo que hace sea jazz en el sentido más tradicional, pero incluye músicos de jazz en sus formaciones). Elefante es su experiencia más jazzera, sin dudas. En definitiva, aun tratándose de un producto de juventud, este primer Elefante entrega cincuenta minutos de felicidad, en los que la atención del oyente no decae en ningún momento. La mía, por lo menos, y soy un oyente.

Durante un tiempo el grupo intentó (y lo logró por momentos) hacerse un lugar en la agenda musical de Buenos Aires. Hizo prensa de este CD, el disco se vendió bastante bien y lo tocaron con cierto éxito, dentro de la escala del jazz, claro. Yo me llevé un CD para mi casa y lo escuché. Inútil buscar algo ahora en internet, a lo sumo se puede encontrar una entrevista en YouTube. Las críticas o reseñas, las gacetillas de prensa, todo eso por ahora está perdido para la electrónica tan inteligente de esta época tan estúpida. Por suerte, desde hace unos días está este primer álbum en las plataformas de música: https://open.spotify.com/album/1DWgTjMCoaQjl4TD9fcIdB?si=HQGKKGWOQgqax2H2Ty09vw

Coda final, en la que retomo un tema de la exposición: la subida a las plataformas de música provocó un equívoco en Google, que sumó los tracks del álbum a la página de YouTube de su homónimo azteca, un grupo de rock con miles de fans, al parecer, que ahora están aplaudiendo este raro giro instrumental y jazzero de sus héroes. Curiosa manera de emerger del under dieciocho años después.

Diego Lenger



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