#5 Alunizante - Ouijo / Atahualpa Yupanqui / Anteojito / Jules Verne / Almendra / Federico García Lorca / Pablo Grinjot y la Ludwig Van en el CAFF
Martes 14 de abril de 2026
Novedades, recomendaciones, ideas fugaces de los días que pasaron. Algunos enlaces; alguna sorpresa, espero. Pueden leer las líneas que siguen u optar por ir directo a hacer clic en las líneas azules. Tiempo de lectura: una semana.
ALGO NUEVO
Perdón, tendría que haber escrito antes estas líneas que presento cada viernes, pero estaba en la luna. Abstraído, en mi propio satélite, no en esa luna tucumana a la que le cantaba, nostálgico, mi abuelo materno: "Ay, lunita tucumana, tamborcito calchaquí", ni la andaluza de Federico García Lorca, de "la luna vino a la fragua / con su polisón de nardos", ni la de Homero Expósito en Pequeña, que primero se va, y luego "qué sabe la luna / la dulce fortuna de amar como yo!". Disculpen, pero esas son las tres referencias lunares que más rápido me vienen a la cabeza.
Pienso ahora en esa fijación tucumana de mi abuelo (que pasó su niñez en esa ciudad donde hay una misteriosa avenida llamada Mate de Luna) que me hizo creer que Atahualpa Yupanqui era también tucumano. ¿Cómo alguien llega a llamarse Mate de Luna? ¿Dónde tenía la cabeza esa familia? ¿Cómo va a ser un militar español, Fernando de Mendoza y Mate de Luna? Más alucinante todavía, que haya gobernado la Isla Margarita, Tucumán y Santiago de Chile, y haya fundado San Fernando del Valle de Catamarca, habiendo nacido en Cádiz. Parece ser que lo andaluz y lo tucumano tienen un fuerte vínculo con ese disco plateado.
Y hablando de discos plateados alucinantes, un rumor, un mito urbano de estos días, forjado en la fragua de internet, dice que el tiempo en que la tripulación de Artemis II pasó mirando el lado oscuro de la luna coincide en minutos y segundos con la duración de Dark Side Of The Moon, el álbum de Pink Floyd de 1973, 42 minutos y 50 segundos. Segundo más, segundo menos; minuto más, minuto menos, es lo que dura cualquier vinilo más o menos estándar, pero que coincida justo con ese disco es de una misteriosa belleza poética que hace que funcione a la perfección la leyenda.
Mi playlist interna sigue girando, y mientras repaso estos párrafos suenan ahora Blue Moon, en la versión de Frank Sinatra, y Der Mond ist aufgegangen, que hasta hoy pensaba que era una canción anónima y no, resulta que la música es de un tal Johann Abraham Peter Schulz (1747-1800), un compositor que escribió óperas, cantatas, música para piano y canciones, pero a quien llegué por esta canción y que, curiosamente, nació en Lüneburg (o Luneburgo, en castellano) que no tiene nada que ver pero qué parecido suena.
La luna estaba muy presente en el imaginario infantil de los años '70. Los astronautas estadounidenses habían alunizado en 1969 y todo viaje espacial, hasta que aparecieron esos desangelados transbordadores, parecía destinado a ir a nuestro cercano y a la vez lejano satélite. Yo nací después de ese año milagroso, pero de todas formas fui uno más de los lectores del libro de Verne, que anunciaba ese viaje un siglo antes, y vi cientos de veces esas imágenes del primer alunizaje que ahora parecen viejas por ser en blanco y negro, pero que en mi infancia eran recientes (y además toda la televisión era en blanco y negro, así que ¡no podían parecer viejas!).
Y ya que viajamos a mi infancia, los recuerdos se amontonan, y me veo a mis cinco o seis años, en el piso de mi habitación, escuchando, fascinado, en mi modesto Winco, el disco de El show de Anteojito y Antifaz. Un LP que, ahora lo sé, se lanzó en 1966, y que todavía debe estar en mi discoteca, o eso creo. El lado B comenzaba precisamente con Luna tucumana. Yo me imaginaba una luna gigante en un cielo negro, y un desolado paisaje rocoso, casi lunar, en el que cada tanto se veía un cactus solitario. Así me imaginaba a Tucumán, el Jardín de la República. La voz, muy aguda, de Anteojito, ahora sé que la hacía Marión Tiffemberg, neé Edith Ricotti, quien primero tomó como nombre artístico Marión Aramburu (epa) y luego lo mutó convenientemente, tomando el apellido de su esposo.
Marión o Edith había sido la voz femenina del grupo vocal Los Juveniles, pero además de ser la voz de Anteojito, fue cantante de jingles. El más recordado es la cortina Quédese en el 13 para ver (en el enlace pueden escuchar versiones en ritmo de jazz, tropical, tango en la bella voz de la cantante). Sus días se apagaron en 1979, pero la cortina se siguió usando hasta 1984, aunque parezca mentira o yo no lo recuerde. Volviendo a mis cinco años, si bien yo no era tonto, no podía imaginar que la voz de Anteojito fuera impostada por una cantante, para mí, cantaba Anteojito.
Gracias a Discogs veo ahora que la segunda pista del lado A de ese disco lo ocupaba el cuento musical Los astronautas. Y es que el tema era central para la niñez de esos años. A la típica pregunta de "¿Qué vas a ser cuando seas grande?" se podía responder "Astronauta" y creo que era mi respuesta favorita. No sé si se les pregunta eso a los niños de esta época. Seguramente habrá quienes opinen que está mal inmiscuirse o intentar influir en sus decisiones adultas cuando son tan pequeños. En nuestra época nos querían también, pero no se preocupaban tanto. Viajábamos a Mar del Plata o a Córdoba en un auto con las ventanillas cerradas y los adultos fumaban sin problema. El cinturón de seguridad solo existía en los aviones. Y acá estoy, tan entero.
En esa obsesión por salir de la Tierra también se puede inscribir Gabinetes espaciales, tema de Almendra grabado en 1969, precisamente, y que resume muy bien el espíritu de la época. Imagino a Mafalda, disfrazada de astronauta, intentando volar con sus sifones de soda atados a la espalda, escuchando o tarareando esta hermosa canción. Alejandro Agresti imaginó en esa escena al protagonista de su película Valentín, ambientada en esos años, escuchando Color humano, la canción de Edelmiro Molinari del primer disco de Almendra, a la que le puso voz Luis Alberto Spinetta. A propósito, ese LP grabado también en 1969, llegó a las disquerías (pese a que erróneamente se lo data en noviembre de ese año) los primeros días de enero de 1970.
Y dentro de esa tradición argentina de cantarle a la luna entra Ouijo, alter ego del músico Javier Pazzano, que el preciso día en que los cuatro astronautas llegaban a destino, sin alunizar (qué pena, perderse la oportunidad de usar ese verbo) publicó su álbum Alunizante. Es el segundo disco bajo ese nombre, esta vez con la participación de Gómez Casa en batería y Lucy Patané en guitarra eléctrica. Son diez canciones que transitan por el pop y la electrónica con un aire melancólico inconfundiblemente argentino, entre las que me gustaron mucho Pionero (track 3) y Entrar en razón (6), pero se trata de un viaje y hay que hacerlo completo, escuchando de principio a fin, como el artista lo pensó. Dura menos de 25 minutos, no pido tanto.
Y bueno, sí, finalmente hice la playlist, acá la tienen. Lo subí, para tripularla, al querido Capitán Beto. Alunizando.
Diego Lenger
ALGÚN LUGAR
Pablo Grinjot y la Ludwig Van en el Club Atlético Fernández Fierro
No voy a descubrir el CAFF, que ya tiene más de dos décadas de existencia en Almagro, pero qué bien la pasamos los que fuimos el domingo pasado por la noche a ver el concierto de Pablo Grinjot y la Ludwig Van. Sin amplificación. Así fue todo el show. No había ningún micrófono. La acústica de la sala lo permite. El lugar estaba repleto de público, y el escenario repleto de músicos. Una pequeña orquesta de cuerdas (violines I y II por tres, dos violas, cello y contrabajo), más piano y tres guitarras, a las que se sumaba la del propio Pablo en muchas canciones.
No faltaron invitados como Victoria Gandini, Agustina Paz, Pablo Dacal, Martín García y Daniel Drexler (presentado por Pablo como "futuro presidente de todos los uruguayos"), entre otros, y el final fue con todos arriba del escenario cantando ese Hey, Jude de Grinjot que es Los artistas. Debo decir que la numerosa audiencia escuchaba en un respetuoso silencio, obligada por las condiciones acústicas, en un ambiente de otra época.
Grinjot nos paseó por canciones de varios de sus discos y terminó solo, con la guitarra, cantando una nueva canción, increíble por la verborragia y la emoción que comunica en el recuerdo de un amigo, que seguramente pronto grabará.
Un rato después del final del concierto lo saludé y, al felicitarlo por lo excepcional del formato (insisto, sin un micrófono, y las voces se escuchaban perfectamente, sonando por sobre la orquesta) me dijo: "¿Viste? Como si fuera un concierto del siglo XIV".
Recomiendo no perdérselo si vuelve a ocurrir. Y en cuanto al CAFF, qué placer un lugar con precios amigables en la barra, con buena onda y con ¡empanadas ricas! Un milagro porteño.
Diego Lenger

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