#3 Gabriel Waisbein / Entrelíneas Quinteto / La Tierra Invisible / Alan Plachta & Martín Sued + Florencia Ruiz

 Viernes 27 de marzo de 2026 

Novedades, recomendaciones, ideas fugaces de los días que pasaron. Algunos enlaces; alguna sorpresa, espero. Pueden leer las líneas que siguen u optar por ir directo a hacer clic en las líneas azules. Tiempo de lectura: una semana. 

ALGO NUEVO

Iba a comenzar estas líneas advirtiendo que Gabriel Waisbein era un joven compositor y vibrafonista nacido en Buenos Aires, porque para mí es joven o así lo imagino, cuando leí que es de 1996 y no pude pensar ya en otra cosa que no sea en Franz Schubert (1797-1828). Es cierto que no es lo mismo tener treinta años ahora que a comienzos del siglo XIX; ni siquiera es lo mismo ahora que hace medio siglo, y lo digo porque -y perdón por la frivolidad que sigue a continuación- me pasa con los rostros de los desaparecidos, que pude ver como cada año en la manifestación por los cincuenta años del golpe de estado en la Argentina, lo mismo que me ocurre con los futbolistas, que antes me parecían todos adultos y ahora me parecen todos tan jóvenes…

Con su treintena, si Waisbein hubiera sido un militante de los años setenta, en su unidad básica, célula o ámbito lo hubieran llamado posiblemente “el viejo”. En Ferdydurke, Witold Gombrowicz marca también la treintena como una etapa diferenciada de la juventud, para marcarnos la injustificada inmadurez del protagonista de su novela. ¿Pero adónde nos quiere llevar, Lenger, con esta perorata? ¿Qué tiene que ver Waisbein con Schubert, Gombrowicz con Santucho, o el Conejo Tarantini con las hijas de Oesterheld? Bueno, podría decir que todo tiene que ver todo, frase horrible y facilista o, si fuera más sofisticado, que hay que buscar las líneas que conectan a estas figuras que acabo de invocar.

Precisamente, Líneas entre los árboles es el nombre de la obra de Gabriel Waisbein que se puede escuchar en las plataformas de música desde hoy, grabada por el Quinteto Entrelíneas. La imagen, el juego de buscar líneas entre los árboles, me parece muy afortunada, es decir, me hubiera gustado que se me ocurriera a mí. Estructurada en tres movimientos y pensada para un grupo como el quinteto que la grabó, cuarteto de cuerdas más clarinete, la pieza está dentro de la larga tradición occidental de la música que se escribe para ser luego interpretada. Digo esto para no poner “música contemporánea”, etiqueta que se usaba antaño para ahuyentar a los oyentes neutrales, si los hubiera. No pienso adentrarme en una discusión sobre cómo se debe llamar a esta música (ni a ninguna otra), basta decir que está más cerca de Ravel que de Milo J.

El primer número, Nido, comienza con un largo solo de clarinete que remite inmediatamente al Syrinx de Debussy por su carácter elegíaco. Solo que, promediando el movimiento, en este caso se introducen los instrumentos de cuerda, de a poco. Luego, llega Se extiende el territorio en los cuerpos y sus resonancias, que es el número más largo y comienza con las cuerdas susurrando desde un pianissimo que estremece. El clarinete dibuja frases cortas que remiten a los cantos de los pájaros, como una continuidad del número anterior, para luego jugar (al igual que las cuerdas) con los armónicos y con texturas no convencionales en los extremos de su registro, en un contexto contrapuntístico y atonal. Por último, este número se cierra con un regreso al paisaje inicial, con las cuerdas tocando notas largas, generando un clima espectral.

Por dentro del canto comienza como una danza alegre, pareciendo cumplir así con el requisito clásico de ser un tercer movimiento rápido y bailable. De pronto se rompe esa fluidez y regresan algunos elementos que ya se usaron en los números precedentes. El final se precipita y encuentra a los cinco instrumentos cantando.

La obra dura poco menos de 22 minutos y para Spotify, por lo tanto, se trata de un single, es decir que, para la empresa de Daniel Ek, está en pie de igualdad con QUÉ GANAS DE COMERTE, el tema de María Becerra con Jere Klein, Lucky Brown y XROSS que salió hoy. Y ya que nombré a estos artistas, debería indicar que Entrelíneas Quinteto está integrado por Marina López (clarinete), Elías Gurevich (violín), Silvio Murano (violín), Carolina Folger (viola) y Silvia Luna (violoncello). Y cierro diciendo que Gabriel Waisbein, ingresando en la treintena con esta música, ya puede comenzar a considerarse un compositor maduro. ¡Adiós juventud!

 

ALGÚN LUGAR

La Tierra Invisible – Alan Plachta y Martín Sued (con Florencia Ruiz como invitada)

El miércoles 25 de marzo conocí finalmente La Tierra Invisible, un local para hacer y escuchar música del que me habían hablado mucho y al que nunca había ido hasta esa noche. Ubicado en una esquina del barrio de Parque Chacabuco, más puntualmente en el cruce de Del Barco Centenera con Estrada, se trata de un lugar pensado en función de la música. Una pequeña tarima que soporta un piano de cola (que en esta ocasión no pude escuchar), mesas y sillas orientadas hacia ese escenario y una barra donde se piden las comidas y bebidas, y luego se paga, claro.

Lejos del centro y lejos de otros barrios con muchas propuestas gastronómicas y artísticas, este boliche establecido por Julio Coviello, bandoneonista, me hizo pensar en lo interminable que es Buenos Aires. Como un faro en medio de la noche, o un farol en la inmensidad del campo, el lugar atrajo a una quincena de curiosos entre los que había un buen número de músicos. Es decir, músicos curiosos, qué lindo (me permito incluirme en ese subgrupo).

El dúo integrado por Alan Plachta (guitarra) y Martín Sued (bandoneón) venía de tocar en el Festival de Jazz de Puerto Madryn (porque la Argentina también es interminable), y se presentaba por única vez en nuestra ciudad antes de que cada uno de ellos volviera a su país de residencia, Uruguay y Portugal, respectivamente. Tocaron música propia, alternando temas escritos por uno y otro, y en un momento subió al escenario Florencia Ruiz para cantar. Su refulgente cabello plateado brilló con luz propia mientras cantaba, para mi sorpresa, Soledad y Golondrinas, de Gardel y Le Pera. Luego el dúo, que aún no grabó un disco propio, siguió con su exquisito repertorio. Alan Plachta empuñaba una eléctrica de caja con la que, insólitamente, tocó en el bis una reducción de las cuerdas del segundo movimiento de un concierto para bandoneón y orquesta de cuerdas que acaba de estrenar Sued.

Luego nos quedamos charlando entre músicos -los que habían tocado y los que fueron como público- cambiando de mesa cada tanto, y llegó la medianoche. Fue fácil llegar e irse, porque Parque Chacabuco no incluye el drama del estacionamiento. Sé que es muy burgués el comentario. Sé también que se trata de un espacio para gente que viva relativamente cerca (Flores, Caballito) o que tenga auto, o que esté acostumbrada a manejarse con apps de transporte. Por la puerta pasaba el 26, cada tanto, que es un colectivo que va al centro.

Espero que el público acompañe la propuesta, que incluye además de la programación artística -que gira indefectiblemente alrededor del piano y del bandoneón- noches de milonga, es decir, de bailar tango. De lo mejor de la noche: estar disfrutando de ese concierto íntimo con buen sonido, y ver grupos de personas pasando por el amplio ventanal y pispeando a ver qué sonaba ahí. Un grupo de muchachos que venía de jugar al fútbol, un padre con su hijo, una mujer paseando el perro, baqueanos de la noche.

Dejo acá su Instagram por si quieren ir un día

@la.tierra.invisible

 Diego Lenger

Portada de Líneas entre los árboles

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